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La visita del compañero

           Aquí hay sitio para todos, solo es preciso venir, creo que , además, al venir tenés que traer tu historia, estar de vuelta de muchas cosas, este lugar es como un santuario, es un refugio, nadie te pedirá cuenta de nada, es como enrolarse en la Legión Extranjera , tenemos códigos, esos son los que valen para vivir entre nosotros. Sabemos que nuestros chicos se irán, muchos padres jóvenes también , los que vivimos aquí estamos unidos por un espíritu que nos hermana aún con algunos que ni siquiera conocemos y que todavía no han llegado.
           No es un pueblo de viejos, pero es uno de esos raros sitios en que a los hombre y mujeres se los valora por quienes son , lo que saben y lo que han hecho. Los viejos, me incluyo, alentamos a los jóvenes a que se vayan , que vivan , que hagan cosas y junten experiencias y los que vuelven cargados con los éxitos y fracasos, esos, son de los nuestros.
           Una de las que volvió fue Amelia, se fue a los quince años para el Sur con un camionero, dicen los que la conocieron entonces que era fea, rebelde y peleadora, que el camionero que se la llevó la quería bajar antes de recorrer cincuenta kilómetros, que finalmente la dejó en Comodoro y se sintió aliviado y feliz de sacársela de encima ,aún sin haber podido meterse en sus calzones como fue su intención primera.
           En Comodoro trabajó de todo lo que pudo, el cuerpo le daba para todo, menos para puta, así fue que manejó maquinaria vial, gruas , camiones e hizo de todo en la industria del petróleo , la lana y el pescado. En todas ellas desarrolló sindicatos opositores a los establecidos , siempre radicalizada volvió locos a patrones y obreros (en especial a los delegados). Estuvo un tiempo en Chile hasta la caída de Allende rompiendo las huelgas de camioneros que propiciaba la CIA , después se vino , por suerte pudo pasar y ocultarse. No se le conoció pareja .Si ,algunos amores, ningún hijo.
Llegó de casi sesenta , alta , gorda y culona . Vestida con toda la elegancia que permite un overall desteñido sobre una remera gris de manga larga ,un poco desbordada por la ausencia de un corpiño, zapatones y una valija en cada mano.
           Alquiló una casita ,chica, en la calle principal.
           Recibe una pensión o algo así todos los meses. Compró unos muebles y enseres diversos , al día siguiente llegó el camión con los libros. “Disimuladamente”, estaba (mos) medio pueblo curioseando la descarga de tantos libros amarillentos y sobados, algunos en alemán o en italiano.
           El lunes inauguró la Biblioteca Pública “Eliseo Reclús” . No me hizo ninguna falta levantar la vista para ver la bandera que el viento hacía restallar en lo alto del tejado. Sabía ,sin mirar,que era negra y roja.
           Fui de los primeros, una vez adentro me impactó el olor de el azúcar quemada y cáscara de naranja ,viejo recurso de anticuario para el olor a humedad de un salón atestado de cosas .
           No se quien prestó ,donó o vendió las tablas pero los libros estaban en prolijos estantes contra las paredes.
           Me invitó con mate y nos pusimos a charlar. Estuve toda la tarde también y no miré un solo libro. Me fascinó su historia de luchas , de pequeños triunfos y grandes derrotas.
           Hablaba con una pasión que le encendía las mejillas , se iba exaltando cada vez mas. Por momentos se me hizo difícil contenerla, se desbordaba.
           Me propuso que cortáramos la ruta 3 con neumáticos incendiados para reclamar un hospital modelo en Vizcacheras , me llevó media hora de sesudos argumentos disuadirla, fue cambiando los distintos reclamos para justificar el corte hasta llegar al de “un quinielero con domicilio en el pueblo” . Al llegar a este nos reímos tanto ,que dejo el corte para otra ocasión mas propicia.
           Entre tanto fuego dejó un pequeño espacio para contarme una historia de amor, el suyo, con su compañero de toda la vida, siempre oculto, pero férreo y comprometido. Su hombre vendría un par de días a ayudarla con la biblioteca y a instalarse , comprometí mi discreción mas absoluta .
           Me llevé un par de libros y me fui después de prometer que buscaría a Marcelo en el cruce de caminos de la Ruta 1 (la de la costa) con la huella que viene a Vizcacheras el jueves a las seis de la mañana y lo traería escondido en la chata hasta su casa en absoluto secreto.
           El jueves llegué a las cinco y media y ya estaba allí, pese a la oscuridad lo vi grande como un eucaliptus y con una voz tonante que parecía una bocina rutera, lo subí a la cabina y charlamos un rato hasta las afueras del pueblo, era un hombre culto y refinado de bella conversación, antes de las primeras casas se subió a la caja de la camioneta y lo tapé con una lona, fue un trabajo inútil porque todo el pueblo dormía, paré en la puerta de la biblioteca y se apeó como una sombra, en el pasillo lo esperaba Amelia, se abrazaron tan estrechamente que por discreción me fui sin decir palabra.
           Se quedó tres días, oculto, el domingo a las cinco de la mañana lo recogí en plena oscuridad y lo llevé otra vez hasta el cruce de caminos, allí lo dejé con los ojos todavía encendidos de pasión , lo envidié , lo confieso lo envidié desesperadamente , conozco ese sentimiento que generan los amores furtivos y los encuentros espaciados que alumbran las noches mas negras con luces mas intensas que los relámpagos.
           Fiel a mis costumbres no pregunté nada sobre el compañero de Amelia, ni de que escapaba ni de donde era, lo intuí como un ácrata empedernido luchando por la idea desde tiempos remotos, ella una vez me describió como un hombre solitario, sin familia alguna , solo ocupado con su causa , con sus seguidores y que solo podía verla de tanto en tanto y por pocos momentos.
           Solo unos días después reparé en que quizá tuvieran causas diferentes y no siempre concurrentes , porque un sobrino de Ansaldo, que tiene un camión tanque, me preguntó:
           __Oiga Vega ¿ Que hacía el otro día de madrugada con el párroco de Sierras Pampas , tan lejos de su parroquia?
           Carajo! , debí haberlo sospechado cuando me regaló la estampita.