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La historia del Evangelista en Vizcacheras

           De toda la gente del pueblo, es Maguirre el mas sabio, sin duda ni ambigüedad, parece saber todo lo necesario para hacer bien todo lo que hace. Estaba el boliche cerrado ,pasé el cerco del costado y fui por el fondo a saludarlo ;estaba en camisa, remangado, los poderosos brazos desnudos trasvasando ,con un embudo de lata, vino del barril a las botellas verdes, al ver que dejaba en cada una un espacio vacío ,como de un cuarto litro, me decepcioné; no me lo imaginaba bautizando el vino, me pareció desleal y como tengo con él amistad, se lo dije.
                      Nunca agua al vino ,Don Vega - me respondió airado-eso es de tonto y mal tabernero ,yo le agrego alcohol fino, porque así al que toma un vaso se le calienta el pico y se toma otro y así sigue. La mayor parte de las veces al irse no se acuerda cuantos tomó, y como yo anoto...
           Demonio de hombre! , jamás se me hubiera ocurrido que el alcohol vale lo mismo que el vino ni tan maravilloso método para incrementar el consumo.
           Nos quedamos mateando hasta las cuatro, cuando abrió ya había algunos paisanos afuera , armé con ellos una mesa para jugar al codillo, amo ese juego, es el mejor de todos los que se pueden jugar con baraja española , hay que saber cuando ser audaz y cuando ser prudente ,administrarse como en el póquer y requiere una atención extrema para cumplir con todas las reglas y no “renunciar” y pagar el pozo, éramos 6, cuando es así el que reparte las cartas no juega esa mano ,para que así le toquen 8 cartas a cada uno.
           Maguirre cocinaba guiso para la noche ,el olor de la panceta salada y el cantimpalo era casi palpable y creaba una suerte de niebla deliciosa que nos envolvía a todos.
           Como a las seis de la tarde ,ya oscureciendo, escuchamos un motor desconocido. En el pueblo no hay ni 20 autos (si es que se pueden llamar así) y a todos los conocemos por sus ruidos , por su olor y por sus huellas, tienen nombre todos y cada uno. El motor paró, se oyó luego el portazo y en cuestión de segundos ante nuestra expectativa, apareció un desconocido en la puerta.
           Joven ,bajito ,traje de ciudad negro, camisa blanca, corbata negra y una biblia en la mano, todo esto lleno de tierra ,hasta la biblia . Sacó un pañuelo, se limpió la cara , se sacudió la ropa y lo pasó por los zapatos ,también negros.
Se acomodó el pelo rubio y sonrió y cuando lo hizo creímos que había entrado el sol ,que se había caído la cortina;
           Debía tener unos 25 años y se veía de lejos que estaba cansado, casi agotado. En sus ojos claros y alucinados y rojizos se advertía no solo fanatismo , todos vimos hambre.
           Cuando nos habló, ninguno creyó que esa podía ser su voz : grave ,templada y poderosa
           --Traigo la palabra del Señor.
           Maguirre se limpió las manos en el delantal ,rodeó el mostrador, le ofreció una silla retirándosela como a las mujeres ,(las lindas o la propia cuando uno las quiere impresionar de educado) ,después vino a nuestra mesa ,sacó 15 pesos del pozo, se los metió en el bolsillo y se volvió tras el mostrador.
           --El resto lo pongo yo.
           Le sirvió un platazo de guiso , un pan y una botella de vino ,el muchacho comió sin decir nada , ni tocó el tenedor ,comió con la cuchara casi sin ver a nadie ni a nada ,solo veía el plato. Cuando terminó, el irlandés le volvió a servir otra y otra vez guiso ,vino y pan.
           Seguimos jugando ,sin mirar para no incomodarlo ,a nadie le gusta cuando come mucho y gratis.
           Cuando por fin terminó, Maguirre le limpió la mesa lo ayudó a levantarse y nos gritó
           --Se suspende el juego y el ruido, vamos a oír la palabra del Señor.
           Nos levantamos todos, nos corrimos contra la pared opuesta al mostrador , yo le elegí una mesa bien firme y algunos muchachos lo levantaron en vilo y lo pararon sobre ella , el rubio se tambaleó pero juntó los talones y se irguió ,quedó derecho como una flecha ,alzó la vista al techo ,llevó la mano izquierda apretando el libro contra su corazón y alzó la derecha con el índice extendido ,esperamos un instante en respetuoso silencio , luego nos llegó su voz, que llenó todo el boliche convincente y poderosa:
           --Viva la concha!!
           Hubo un brevísimo instante de estupefacción antes de los vítores ,lo bajamos entre todos y lo llevamos en andas hasta el auto, a los gritos, el jubilo nos embargaba, con todo cuidado lo pusimos en el Rambler ,Antonio le regaló veinte pesos .Lo despedimos entre aclamaciones .
           Creo que ni en el Sermón de la Montaña causó tanto efecto la palabra del Señor